
Mis hábitos de sueño dejaron de ser hábitos hace tiempo. Ayer, por ejemplo, me dormí a las siete de la tarde y desperté a las diez con el pecho acelerado, sudando, completamente desorientada. La pesadilla me dejó clavada en la cama, inmóvil durante un buen rato, intentando borrar con respiraciones cortas la sensación de haber corrido por horas.
En el sueño yo era tan joven como ahora y, aun así, temía a la muerte con la misma ferocidad. Me perseguían hombres y mujeres —supuestos amigos, supuestos conocidos— que habían decidido matarme. Había una fiesta, un baile, una huida torpe. Lograba escapar hasta esta casa pequeña donde vivo. Pero me encontraban. Gritaban mi nombre desde la calle. Abrí la puerta porque no tenía otra opción. Lo que siguió fue un desfile grotesco: subían las escaleras sonriendo, mintiendo, desordenando mis cosas, revisando mi refrigerador, bebiendo, fumando, preguntando cosas sin sentido. Yo sabía que su objetivo era matarme, pero no cuándo. No quería morir ni matar. Solo quería despertar.
Y cuando por fin lo hice, los brazos me dolían: estaba enredada en las sábanas como si hubiera peleado de verdad.
Me levanté. Me obligué a mover el cuerpo, a terminar pendientes para alejar la angustia. Volví a dormir hasta la una de la madrugada, después de leer los primeros capítulos de Escribir, como si Marguerite Duras pudiera espantar algo.
Pero la siguiente pesadilla me encontró igual. Esta vez yo era una anciana. Sabía que esa no era mi realidad “real”, pero también sabía que, en los sueños, todas las versiones de mí coexistían. Era vieja, cansada, y sobreviviente: una actriz fracasada reclutada por la policía como carnada para atrapar a algún grupo criminal. Vivía con amigas, todas octogenarias. Salí a una misión y, mientras esperaba en una calle cualquiera, me descubrí contemplando mi piel arrugada, mi vejez. Me sorprendió reconocerme así.
De pronto estaba en un fraccionamiento cercano a mi casa, sentada en una banqueta solitaria, recordando mis veintiocho años como si fueran un eco lejano. Cuando aparecieron los hombres supe que era una trampa, que venían por mí y querían hacerme sufrir. Corrí hasta la reja de la casa donde vivía con mis amigas ancianas. Ellas, con toda claridad, me dijeron: “Nosotras no queremos morir.” Y cerraron la puerta.
Sentí el miedo como una mano en la nuca. Desperté.
Eran las 3:27 de la mañana. Temblaba bajo las sábanas. Quise escribirle a alguien, pero no tenía saldo, ni internet, ni nada. Me levanté, prendí la luz de la recámara, bebí agua, encendí todas las luces como si fuera un ritual contra la oscuridad. Para poder dormir con todo iluminado me puse una cobija sobre la cara, como quien negocia con sus propios fantasmas.
En el último sueño de la madrugada estaba atada a una silla. Las imágenes eran torpes, inconclusas, pero cargadas de un significado insoportable. Recordé los dos sueños anteriores y comprendí algo: que la edad de mi muerte no importa. Siempre voy a sentir terror. En el sueño lo admitía en voz baja: ningún número de años será suficiente, nunca quiero dejar de sentir, nunca quiero entrar en la nada.
La pesadilla me decía que, a la edad que fuera, moriría asesinada. Una y otra vez. En esa última escena, la muerte —mujer— me secuestraba y me besaba.
Desperté a las 6:30. La luz apagada. Mi ritual automático para ir a clases. No dije palabra. Solo pude comer media manzana.
Llegué a la universidad y fusioné dos grupos: treinta mujeres jóvenes en un solo salón. Hablamos de la realidad: ¿qué existe?, ¿qué es esa sustancia inmaterial que llamamos mente?, ¿cómo se conecta con el cuerpo?, ¿qué es lo que sentimos cuando soñamos?
Y yo pensaba, inevitablemente, en mis pesadillas. En mis versiones viejas, jóvenes, muertas, perseguidas. En esa frontera donde la mente toca lo real y lo distorsiona.
Volví a casa con una sensación de urgencia y no tuve más remedio que escribir. Fumar y escribir. Estar conmigo.
Mar.
Muy bueno. Creo que el miedo a no sentirse o saberse vivo y a no ser "tú" (como un ente con espacio propio) nos recuerda que somos humanos (y lo valioso de esta cualidad).
ResponderEliminarAl principio creí que se trataba de un transtorno de estrés postraumático. Pensé: creo que fue abusada sexualmente, pues inconscientemente en sus sueños, se siente victima de peligro ante cualquier persona.
ResponderEliminarLuego un giro, la cuestión se hizo existencial, el natural miedo a la muerte, a ser asesinado.
Qué buena fusión de lo onírico y lo "real". Me gustó como ilustraste la extracción de preguntas fundamentales de ese infinito cúmulo de información que es nuestra mente, la cual parece desarrollarse a si misma o tal vez ya está completamente desarrollada.
Al final surgieron dos cuestiones que quedaron en el aire:
"Si la muerte es parte de la vida, estár muerto es vida"
"La mente y la materia son la misma cosa, solo somos información"
Buena historia :)