jueves, enero 22, 2026

Algoritmo dominical




Le dejé un corazón como quien toca una puerta con la uña, apenas. Un rasguño tierno. El algoritmo, siempre más caliente que ético, nos hizo el favor. Me habló por mis zapatos —qué elegantes— y yo le pedí ver los suyos, como intentando desvestir los pies con la imaginación.


Quedamos de vernos porque él tenía una cerveza pendiente y yo una curiosidad urgente. Ya en el restaurante, con la botella sudando entre sus manos y un mezcal en las mías —por excepción, para hacer tierra—, la conversación se deslizó rápido: países en crisis, guiones abandonados, varias vidas pasadas, el deseo como mala costumbre. Bebí despacio para no mirarlo tanto, para que el cuerpo no se me adelantara a la lengua. Coqueteamos con esa intimidad lúcida que se da entre desconocidos que saben leer el subtexto: planes que normalmente se hacen a solas, futuros que no se cumplirán. Me regaló títulos para cuentos como si me bajara el tirante del sostén con palabras: Poliamor o muerte, se rió, provocando mi forma de amar, esa que él no se bancaría, pero miraba con hambre.

Afuera de una farmacia Benavides, el frío fue una excusa torpe. Le pedí abrazarlo y le desabotoné el suéter despacito, como si ahí hubiera una verdad escondida. Mis manos heladas rodearon su cintura; las suyas se hundieron en mi abrigo, firmes, aprendiendo el mapa. Me olió el cabello con una devoción que no se merece nadie que acabas de conocer. Posó un beso diminuto entre mi frente y cabeza, como si ya me extrañara. Luego buscó mi boca: un beso corto, apretado, urgente, cuerpos tensándose como si el tiempo fuera un enemigo íntimo. Le besé el cuello, quise probarlo, llevarme algo suyo en la lengua, dejar la promesa escrita en la piel. Se apartó apenas. No era rechazo: era disciplina. Dijo que tenía que irse a trabajar, que las ganas eran el problema.

Los Ubers llegaron. El algoritmo ya había cumplido. Yo me subí con la boca tibia y las manos aun aprendiendo su forma en el aire. El domingo terminó como me gustan: con el cuerpo despierto, el deseo sin gastar y la certeza de que nadie se quedó lo suficiente como para salvarme de pensarlo desnudo junto a mí. 



Mar.

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