Este mapa bien podría titularse “Metáforas del desajuste” o “Anti-manual para sobrevivir a un sismo emocional”, pero mejor me voy con cuidado. Tanteando el terreno, como dicen en mi tierra natal. Ese tantear también se puede aplicar a cuando te tocan, te auscultan, te manosean. O tú a ellos. Tanteas el paquete. La promesa. En fin, que me desvío. Hoy no quiero escribir sobre los agasajos y esos otros tanteos, que mira que son un tema que disfrutaría, pero en realidad lo que más me apura es reflexionar el estado de mi vida afectuosa, de mi erótica y su potencia vinculadora.
Quiero hablar del “día” que me separé, cuando no me dolió
el vacío en la cama ni la ausencia de despedidas en las mañanas: me dolió algo
que no tenía nombre. Como si el mapa completo de mis afectos se hubiera
reconfigurado mientras yo estaba distraída lavando los platos o durmiendo la
tristeza y el cansancio. Empezó a sentirse cierto abandono, no sólo de la idea
del amor o la pareja, sino de otros afectos. Todas las intensidades se sentían
disparejas. Todos mis quereres cambiaron de lugar.
No supe quién se movió primero: si mis amigas, mi familia,
mis compañeras del trabajo, si yo, si la ciudad misma. Solo escuché ese leve
crujido —íntimo, casi imperceptible— que anuncia que algo se desacomodó sin
pedir permiso. Que notifica que algo posiblemente se fracturó.
Y así, casi cuarentona, grandota como típica sinaloense,
recién soltera en la capital del país, seguí caminando como si nada, entre
azoteas y balcones, entre fiestas y conferencias, entre besos y arrebato de
pasiones, entre noches lluviosas y pieles extranjeras; aunque sabía que algo
dentro de mí se torció profundo.
Me da risa ahora, pero en algún momento sentí que me
acusaban de un crimen sin víctima: sentir mucho, hablar mucho, querer mucho,
esperar mucho, confiar demasiado rápido, poner límites, etc. Como si la versión
recién separada de mí hubiera subido el volumen sin avisar, y eso hubiera
arruinado la fiesta. Así me hacían sentir, no sólo los ligues, sino también las
amistades, la familia elegida.
Quizá sí subí el volumen. O quizá la fiesta estaba muy
silenciosa desde antes y nadie quería aceptarlo.
Quizá me separé y comencé a poner más atención a los lazos
afectivos, o tal vez ya no sé bien cómo se ama, cómo una se deja amar, cómo una
se vincula “de verdad”. Me parece que me extravié en la densidad que habita en
las relaciones.
Lo más extraño es que, si pienso en mi separación, no fue
violenta ni amarga: fue tan amorosa que daba un poco de vergüenza. Fue una
alegría liberadora la que me inundó cuando pude ser honesta con Edgar y decirle
que esto ya no podía seguir. Lo entendió. Lo sabía. Así que él y yo desmontamos
la vida compartida como quien guarda adornos navideños: con cuidado, con
suavidad, sin romper nada, envolviendo, recordando alguna anécdota
memorablemente cotidiana con cada objeto… sabiendo que, aunque todo se guarde
en su caja, ya nada será igual.
Él me trajo a esta ciudad hace ocho años. Me trajo él, sí,
pero más que nada me atrapó su biblioteca. Yo siempre lo he sabido: me enamoré más
de la clasificación de sus libros, del olor a polvo y las notas al margen. O de
él a través de sus libreros rebosantes, que es otro amor posible. Edgar me
invitó a venir a su vida, mientras compartíamos una banquita en la plaza de
Santa Rosalía, en Mulegé, BCS. A mí me pareció una locura, pero fue la primera
vez que era alguien más quien la proponía. Le dije que sí, que aceptaba
construir otra vida, más allá del duelo, de la precarización, de la anemia, del
quiste en el ovario izquierdo y el sexo sin amor.
Vivir entre libros. Vivir en el ejido. Vivir entre libros.
Vivir en un pueblo de los EE.UU. Vivir entre libros. Vivir en Nuevo Laredo.
Vivir entre libros. Vivir en Nogales. Vivir entre libros. Vivir en La Paz.
Vivir entre libros. Vivir en León. Vivir entre libros. Vivir de nuevo en La
Paz. Vivir entre libros. Vivir de nuevo en Los Mochis, en el ejido. Vivir entre
libros. Vivir de nuevo en La Paz. Vivir entre libros. Vivir en la Ciudad
Monstrua. Vivir entre libros. Vivirme. Vivir conmigo. Vivir. Salvarme. Vivir.
Vivir.
Llegué a la capital después de una escala en la casa madre,
por algún motivo necesitaba hacer tierra. Llegué a esta metrópoli, después de
pasar varias noches en la recámara de la infancia, con los grillos de fondo, y el
miedo de nuevo acurrucándose en la cama.
Cuando Edgar me preguntó qué día de septiembre quería
llegar a la Ciudad de México, sin pensarlo le dije que el 19, porque ya habría
pasado el primer aniversario luctuoso de mi hermana Claudia; es el 18. Claro
que él me recordó que ese día no porque era de mala suerte; así como ser
supersticiosa. Entonces lo compró para el 20. Pero como esto fue en 2017, en
ese temblor… pues cerraron el aeropuerto y yo pude volar hasta el 22. Un
veintidós de septiembre llegué a esta mi actual ciudad madre.
Pasé de aquellos pasajes norteños, a un departamento
familiar en San Jerónimo, cerca del teatro Independencia. Llegué a esta ciudad
con cincuenta y nueve kilos, diez puntos de hemoglobina, cero pesos en
bolsillos, sin cuentas bancarias, una maleta con ropa y zapatos, diez libros,
carne machaca y muchos deseos de que la ciudad me permitiera encontrarme con
aquello que necesitaba. Aunque yo decidí estar acá, a esa edad, en esos duelos,
los primeros días de ese cambio se sintieron como si alguien hubiera cambiado
de canal sin avisarme.
Pasé de ser la mujer de amores clandestinos, a convertirme
de un día para otro en la señora que cocina para dos, que se consume pensando
en el menú, que se siente culpable cuando cumple con ese rol y cuando no. Perdí
cierta libertad entre los botes de quinoa y los de arroz. Pero bueno, así he
sido: decido y ya. Me puse esa piel nueva como quien se pone una camisa recién
planchada, por puro deber social.
La ciudad me enseñó rápido que aquí pocas personas quieren
o pueden dedicarse a vivir, aquí se da mucho la estrategia y la sobrevivencia.
Ya le estoy entrando a las dos. Aquí se aprende a ganar un asiento en el metro
o una blusa de la paca, como si fuera lucha profesional o partida de ajedrez,
según sea la pedrada. Aquí se aprende a buscar pareja como si fuera un trámite
burocrático, también una aventura que se vuelve casting para la serie de cada persona involucrada. Muchas personas
viven así: midiendo, calculando, administrándose, reservándose. Restringiendo
mucho la intimidad que da la convivencia frecuente. No sé si alguna vez me
adaptaré del todo. No creo, y eso me hace descubrir que algo de mí sigue
intacto.
Regresé a la soltería, pero no al molde prematuro de mi
biografía. No soy la réplica de aquella que se ahogaba en vodka y tequila sentimental,
ni la sombra que se caía de sueño a media noche. Esta nueva encarnación bebe
una copa de vino o un mezcal como quien hace una minúscula ofrenda al tiempo.
Aunque mi verdadera pasión sigue siendo la yerba santa. Me levanto temprano,
hago Pilates como si estirara no los músculos, sino los siglos acumulados de
culpas, miedos y tristezas; escribo lo que quiero para recordarme que aún
deseo; y estudio un doctorado que, paradójicamente, me ha enseñado más sobre
mis heridas que sobre cualquier aparato teórico. Toda esa multitud soy yo. Incluida mi hambre sexual, que persiste como un animalito leal y extrañado: ha
sobrevivido a mutaciones, exilios, limpiezas rituales y renuncias. Respira
conmigo. Me persigue. No entiende por qué todo lo demás cambió tan
radicalmente.
Las apps de citas, esas máquinas antropológicas del
presente, fueron mi hallazgo más improbable. Nunca antes las había usado y,
como todo artefacto novedoso, me sedujeron durante mi primer año de libertad
recobrada. Me recordaron a mis amores marineros, aquellos que arribaban al
puerto de ilusión con un ritmo de mareas que una fingía comprender. Ahora ya
no. Ahora casi que rellenamos formularios de compatibilidad, cotejamos
horarios; preguntamos valores, alergias, convicciones deportivas y musicales, si
convivimos mejor con perros, gatos o plantas que necesitan poca agua. Soy una
mujer de casi cuarenta que ha descubierto que incluso la magia, para sobrevivir, exige contraseña y verificación en dos
pasos.
¿Por qué “casi cuarenta”? ¿Por qué esconder al pobre y
exacto treinta y nueve?
Me dejaré esa autoindulgencia de tarea: escribir una plana entera confesando mi
edad como si fuera una fórmula alquímica.
Y, sin embargo, lo sustantivo no está en el número, sino en
la grieta. En esa fisura vital donde cruje el malestar, donde la náusea existencial
aparece como una maestra de ceremonias. No se trata de estar soltera, sino de
advertir que varios afectos no hicieron la mudanza conmigo. O, si lo hicieron,
cambiaron de forma, como si al romper un vínculo emocional se desarmara por
completo el mapa afectivo y sus rutas invisibles. Toda extensión tuya —tu
gente, tus costumbres, tus hábitos de calor— queda tocada. La pregunta es:
¿cómo se recoloca cada pieza?, ¿hacia qué constelación migran? ¿dónde quedé yo?
¿en qué galaxia estoy extraviada?
En esta reconfiguración del mapa afectivo, descubro que no
sólo se desplazan las personas, sino también las versiones de mí que
funcionaban como nodos con cierto orden: la amante que sabía leer los cuerpos ajenos
como geografías eróticas, la amiga que habitaba la lealtad como si fuera un
territorio sagrado, la hermana-hija que sostenía continuidades heredadas sin
preguntarse si aún le quedaban. Todo ese entramado relacional —esa arquitectura
emocional que durante años fue brújula— entra en un desconcierto casi
tectónico, obligándome a tantear nuevos senderos internos como quien camina a
oscuras por su propia casa olvidada. Y a la par, los senderos externos
—colectivos, sociales, incluso rituales— se vuelven igualmente inciertos, como
si la torcedura emocional de la ruptura hubiera cambiado no sólo mis vínculos,
sino la lógica misma desde la cual los interpreto, los nutro, los siento. Es en
ese descentramiento donde la identidad se vuelve pregunta: ¿quién soy ahora en
la constelación afectiva que me queda? ¿qué figura traza mi cuerpo en esta red
que se recoloca sin pedir permiso?
A veces creo que nadie cambió conmigo; que fui yo la que se
movió de sitio.
Como si hubiese amanecido más honesta, más ruidosa, más cínica, más mía… y esa
súbita autenticidad desacomodara a quienes preferían mi versión editada,
curada, apaciguada.
Y duele.
Porque perder a una pareja es una categoría reconocida de
duelo, casi ritual. Pero perder amigas es un luto más íntimo, menos nombrado,
un temblor que la sociedad no ha sabido archivar, ni teorizar. No hay velorio para
la amistad que se desgasta; para las amigas que ya no se entienden. No hay
circular oficial para la despedida de quien ya no sabe cómo quererte. Y aunque
no logro trazar una ecuación exacta entre ambas separaciones/pérdidas, sé que
coexisten, acontecen, no son aislados accidentes. Cada quien interviene desde
su orilla emocional, con sus pesadillas y heroicidades personales.
Y duele.
Me duele la distancia en aquellas amistades que parecían
estrechas, inseparables. Me duele no entender a dónde se fue la complicidad y
las ganas de seguir creando memorias y rituales.
Me duele que la soltería me haga sentir sola
frecuentemente, con menos amigas, con menos personas que encuentran espacio
para acompañarnos en la vida.
Me duele y, sin embargo, aquí estoy intentando reescribir
mi mapa afectivo.
Tanteando nuevos caminos.
Aunque a veces me duela la soledad como si viniera de la
infancia, también siento un pequeño vértigo delicioso: el de empezar de nuevo
en una ciudad que nunca deja de latir, que nunca deja de enseñarme algo, que me
mira como quien dice:
“Ándale, plebita. Aviéntate, sigue, hazle como puedas.”
Muchas veces sentí que la soledad me dolía. Que era una enemiga, o mejor dicho, una amiga que siempre caminaba a mi lado. Sentía soledad por todo. (Complejo de explicar). Ahora, la soledad, es una herramienta.
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