martes, febrero 10, 2026

Pedagogía patriarcal aplicada



Estoy cansada de los hombres, incluso de los "aliados"
Lo que cansa no es el “abandono” o que “se termine”.
Es la disonancia.
Que alguien se muestre presente, atento, cuidadoso, incluso “político”,
y luego actúe como si el vínculo pudiera desecharse o apagarse
sin consecuencias.
Sin reflexionar sobre el daño que deja.
Sin asumir ni un mínimo de responsabilidad.


No es torpeza emocional o descuido.
Es una forma aprendida de desresponsabilización,
es una pedagogía patriarcal.
No es que “no se den cuenta”.
Aprendieron que pueden retirarse sin más,
sin ningún costo afectivo para ellos,
y sin que nadie cuestione su coherencia.


Sobre todo cuando el vínculo fue breve,
sexual,
“sin promesas”.
Ahí el sistema los protege:
nadie prometió nada,
como si el cuidado en la despedida no contara,
como si el cuerpo no registrara,
como si una no tuviese sentimientos,
como si nuestra dignidad fuera negociable.


Y duele más cuando una sí estaba clara.
No pedía exclusividad.
No pedía futuro.
No pedía garantías.
Pedía no volverme invisible después de ser “el deseo cumplido”.
Solo continuidad mínima.
Humanidad básica.
Un mensaje. Un gesto.
Un “¿cómo sigues?”.
Un “aquí sigo, aunque no me quede”.
Porque la atención también es responsabilidad, y el cuidado no se borra.


Sentirte tratada como algo que se obtiene
y luego pierde valor
no es paranoia
ni herida personal.
Es lógica de consumo aplicada a los vínculos,
incluso —y a veces sobre todo—
en hombres que hablan de feminismo,
terapia,
conciencia.
Pero que, a la hora de sostener,
se olvidan de lo que predican.
Y eso también duele.


Estar cansada no es un fracaso emocional.
Es una señal de saturación lúcida.
Cerrar el corazón no como castigo,
sino como límite.
Descansar de las citas,
de los hombres
y de sus violencias —aunque se digan mínimas—
es un acto de ética hedonista feminista.
Y, si miran de frente, también una pregunta incómoda
sobre su coherencia y su capacidad de cuidado.

 


Mar.

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