Me inquieta el silencio en las citas. No el silencio
cómodo, ese que se sienta a la mesa y pide un mezcal mientras nos coquetea,
sino el otro: el que se esconde detrás de un emoji ambiguo, de un “jejeje” que
no dice nada, de una mirada que te recorre como catálogo y no como
conversación. Hablar las citas, pensé, porque en las citas casi no se habla. Y
cuando no se habla, algo se rompe o, peor, nunca se intenta armar.
Hay hombres que se resisten a las palabras como si fueran una cláusula tramposa en un contrato invisible. Les pesa el lenguaje, lo sospechan. Creen que decir es conceder, que nombrar emociones es dar ventaja, que escribir un párrafo completo equivale a firmar una hipoteca afectiva. Prefieren el monosílabo, la insinuación muda. En su cabeza —entrenada por un machismo funcional y flojo—, si te ven como sexo casual, entonces no deben establecer conexiones que huelan a humanidad; que se interesen por conocerte más allá. Como si pensar, desear, empatizar y acariciar no pudieran compartir el mismo cuerpo cuando se trata de algo pasajero.
Entonces evitan. Te evaden. Se abstienen de preguntarte desde la honestidad cómo estás, y evitan responder cuando preguntas. Evitan mirarte a los ojos más de tres segundos seguidos. Pero te quieren disfrutar. Así, como se disfruta un objeto bonito que no habla, que no exige, que no recuerda. Usar y tirar: la liturgia contemporánea del encuentro heterosexual. Una economía emocional de bajo costo, cero mantenimiento, alta rotación. El capitalismo aplicado a la piel.
Yo he estado ahí, sentada frente a ellos, observando cómo mastican con cuidado mientras se tragan también sus propias frases inconclusas. Los he visto perderse en su celular, para no encontrarse con tu incomodidad. Construir castillos de silencio con una habilidad asombrosa. Son ingenieros del vacío. Arquitectos del “no sé”, del “vemos”, del “fluye”, “podría ser”. Y yo, que soy mujer y palabra, mujer y pregunta, me descubro haciendo malabares para que la conversación no muera de inanición. Porque nos enseñaron —a nosotras— que, si el diálogo falla, es porque no supimos hacerlo interesante. Que, si el otro no habla, quizá debimos bailar más, sonreír menos, desear distinto.
Pero hay una violencia sutil en ese mutismo selectivo. Una violencia elegante, bien vestida, que se excusa diciendo “no soy de hablar” mientras se beneficia de todo lo que el silencio permite: no responsabilizarse, no explicarse, no nombrar límites. El silencio como estrategia. El silencio como coartada. El silencio como forma de poder.
Hablar las citas es un acto radical. Decir “quiero”, “no quiero”, “me pasó esto”, “me gustas así”. Radical porque obliga a reconocernos sujetos, no escenas. Radical porque desnuda —y no hablo de ropa—. Hay algo profundamente erótico en la palabra que se arriesga. En la frase que tiembla. En la voz que admite duda. Pero eso no lo enseña el Temach, ni ningún tutorial de seducción o alto valor masculino. El sistema les enseña a tomar, no a decir. A sacar provecho, no a escuchar de verdad. A avanzar, no a escuchar. A conquistar, no a conversar.
Y, sin embargo, qué pereza la “conquista”, qué arcaica, más cuando una solo quiere encuentros de confianza, intimidad y juego sexual. Qué cansancio ese teatro de distancia emocional que pretende parecer misterio. El misterio no está en callar; está en decir y no saber qué pasará después. Eso sí es vértigo.
Así que mis historias nacen de ese cansancio y de ese deseo. De la ironía de buscar vínculos sexoafectivos en una ciudad donde el afecto parece un extra que sale muy caro. Nacen del humor que una se inventa, para no llorar por los pasillos del súper. De la lucidez que llega cuando entiendes que no estás pidiendo demasiado: estás pidiendo lenguaje. Y el lenguaje no debería ser un lujo.
Porque hablar no mata el deseo. Lo afina. Lo vuelve consciente. Lo saca del piloto automático. Se vuelve el “después” del rayo de Cortázar. Y quizá por eso asusta tanto. Porque cuando se habla, ya no se puede fingir que la otra persona es intercambiable. Ya no se puede huir sin dejar rastro. La palabra deja huella.
Así que escribo. Parece que es lo único que sé hacer. Escribo estas historias como quien prende el fuego en una habitación donde otros prefieren la neblina. Con ironía, con filosofía de chai, con una erótica que no necesita permiso. Historias desde una perspectiva feminista, sí, porque mi cuerpo piensa y mi pensamiento goza, se enreda en las texturas, se sabe política. Perspectivas a veces ácidas, porque el azúcar empalaga y no todo merece (mi) dulzura.
Hablar las citas es mi manera de desobedecer. De decir: no soy un objeto de usar y tirar, soy un diálogo posible. Y si no quieres hablar, está bien. Pero no te asomes a decir que buscas conocerme. Yo, por mi parte, elijo la palabra. Porque ahí, justo ahí, empieza lo verdaderamente interesante.
Hay hombres que se resisten a las palabras como si fueran una cláusula tramposa en un contrato invisible. Les pesa el lenguaje, lo sospechan. Creen que decir es conceder, que nombrar emociones es dar ventaja, que escribir un párrafo completo equivale a firmar una hipoteca afectiva. Prefieren el monosílabo, la insinuación muda. En su cabeza —entrenada por un machismo funcional y flojo—, si te ven como sexo casual, entonces no deben establecer conexiones que huelan a humanidad; que se interesen por conocerte más allá. Como si pensar, desear, empatizar y acariciar no pudieran compartir el mismo cuerpo cuando se trata de algo pasajero.
Entonces evitan. Te evaden. Se abstienen de preguntarte desde la honestidad cómo estás, y evitan responder cuando preguntas. Evitan mirarte a los ojos más de tres segundos seguidos. Pero te quieren disfrutar. Así, como se disfruta un objeto bonito que no habla, que no exige, que no recuerda. Usar y tirar: la liturgia contemporánea del encuentro heterosexual. Una economía emocional de bajo costo, cero mantenimiento, alta rotación. El capitalismo aplicado a la piel.
Yo he estado ahí, sentada frente a ellos, observando cómo mastican con cuidado mientras se tragan también sus propias frases inconclusas. Los he visto perderse en su celular, para no encontrarse con tu incomodidad. Construir castillos de silencio con una habilidad asombrosa. Son ingenieros del vacío. Arquitectos del “no sé”, del “vemos”, del “fluye”, “podría ser”. Y yo, que soy mujer y palabra, mujer y pregunta, me descubro haciendo malabares para que la conversación no muera de inanición. Porque nos enseñaron —a nosotras— que, si el diálogo falla, es porque no supimos hacerlo interesante. Que, si el otro no habla, quizá debimos bailar más, sonreír menos, desear distinto.
Pero hay una violencia sutil en ese mutismo selectivo. Una violencia elegante, bien vestida, que se excusa diciendo “no soy de hablar” mientras se beneficia de todo lo que el silencio permite: no responsabilizarse, no explicarse, no nombrar límites. El silencio como estrategia. El silencio como coartada. El silencio como forma de poder.
Hablar las citas es un acto radical. Decir “quiero”, “no quiero”, “me pasó esto”, “me gustas así”. Radical porque obliga a reconocernos sujetos, no escenas. Radical porque desnuda —y no hablo de ropa—. Hay algo profundamente erótico en la palabra que se arriesga. En la frase que tiembla. En la voz que admite duda. Pero eso no lo enseña el Temach, ni ningún tutorial de seducción o alto valor masculino. El sistema les enseña a tomar, no a decir. A sacar provecho, no a escuchar de verdad. A avanzar, no a escuchar. A conquistar, no a conversar.
Y, sin embargo, qué pereza la “conquista”, qué arcaica, más cuando una solo quiere encuentros de confianza, intimidad y juego sexual. Qué cansancio ese teatro de distancia emocional que pretende parecer misterio. El misterio no está en callar; está en decir y no saber qué pasará después. Eso sí es vértigo.
Así que mis historias nacen de ese cansancio y de ese deseo. De la ironía de buscar vínculos sexoafectivos en una ciudad donde el afecto parece un extra que sale muy caro. Nacen del humor que una se inventa, para no llorar por los pasillos del súper. De la lucidez que llega cuando entiendes que no estás pidiendo demasiado: estás pidiendo lenguaje. Y el lenguaje no debería ser un lujo.
Porque hablar no mata el deseo. Lo afina. Lo vuelve consciente. Lo saca del piloto automático. Se vuelve el “después” del rayo de Cortázar. Y quizá por eso asusta tanto. Porque cuando se habla, ya no se puede fingir que la otra persona es intercambiable. Ya no se puede huir sin dejar rastro. La palabra deja huella.
Así que escribo. Parece que es lo único que sé hacer. Escribo estas historias como quien prende el fuego en una habitación donde otros prefieren la neblina. Con ironía, con filosofía de chai, con una erótica que no necesita permiso. Historias desde una perspectiva feminista, sí, porque mi cuerpo piensa y mi pensamiento goza, se enreda en las texturas, se sabe política. Perspectivas a veces ácidas, porque el azúcar empalaga y no todo merece (mi) dulzura.
Hablar las citas es mi manera de desobedecer. De decir: no soy un objeto de usar y tirar, soy un diálogo posible. Y si no quieres hablar, está bien. Pero no te asomes a decir que buscas conocerme. Yo, por mi parte, elijo la palabra. Porque ahí, justo ahí, empieza lo verdaderamente interesante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Gracias por visitar este espacio!