miércoles, noviembre 27, 2019

Diario de escritura





Me duele la vida, sin duda. Me duele y me llena de rabia este país feminicida. Me cala la impunidad, el desamparo, la injusticia. Me aterra el sadismo de esta época que parece alimentarse de nuestras heridas. Y no, estas emociones no son nuevas: llevo años respirando miedo, ira, impotencia, y también una tristeza que me acompaña como animal viejo. Desde hace demasiado —más de lo que quisiera admitir— me duele la situación política, social y económica de México, la de mis vecinas, mi familia, la mía; la de casi todas las personas que me rodean. Ese dolor también me moldea, aunque a veces quisiera fingir lo contrario.

Hay días en los que solo quiero huir al país de las cobijas, quedarme allí como criatura subterránea, sin contacto con el exterior. Otros días, en cambio, me siento llena de rabia luminosa, de esa rebeldía que te empuja a enfrentar la vida y contagiar a otras con un optimismo extraño, casi insolente. En ambos casos —o solía ser así— encontraba refugio en la escritura.

Porque frente a la crisis perpetua, frente a la desigualdad rapaz, la misoginia estructural, la violencia que nos arranca nombres y cuerpos, solo me queda eso: escribir. Resistir a través de las letras. Habitar la palabra como si fuera trinchera, bálsamo, puñal.

Me he convencido de algo: si no puedo ofrecer consuelo a mis padres por la muerte de una de sus hijas; si no puedo salvar a mi otra hermana de su enfermedad degenerativa; si no pude evitar el desalojo de mi padre ni protegerlo de la discriminación por su discapacidad; si no puedo garantizar la seguridad de las mujeres de mi familia; si no sé cómo acompañar a la amiga que quedó huérfana ni a la que fue violada por su pareja; si no puedo cambiar el destino de las mujeres que viven en las calles de mi colonia; si no puedo evitar todo ese dolor que se mete en mi cuerpo como un aguijón; si por más que trabajemos individual y colectivamente, desde el feminismo, los cambios estructurales avanzan al ritmo lento de lo histórico…
entonces me aferro a la escritura.
Es lo más valioso que puedo darme. A veces lo único que puedo ofrecer. Muchas veces, lo único que puedo recomendar.

¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe! ¡Escribe!
¡Escribamos juntas!

Escribo porque la realidad a veces duele demasiado. Y también porque, de vez en cuando, la vida duele de tan hermosa.

Hace unos tres años dejé de escribir “en forma”. Fue durante la agonía de mi hermana. No había tiempo, ni ganas, ni piel. Recuerdo que un día lloré frente a mis hermanas: dije que me dolía no tener espacio para escribir. Ahora sé que no lloraba por la escritura, sino por el horror que vivíamos, por la tortura hacia Claudia, por el dolor inmenso de mi familia. La realidad se imponía con un ruido seco: la muerte venía. Y yo quería aferrarme a lo único que me había sostenido en otras crisis: las palabras.

Claudia murió, y lo que vino después fue un arrepentimiento devastador: me dolía haber llorado por no escribir cuando ella se estaba despidiendo del mundo. Entonces quise arrancar de mi vida lo único que me había dado alegría constante. Dejé de escribir. Creí que debía hacerlo. Creí que era un castigo justo.

Me costó perdonarme. Me costó regresar. Todavía hoy lucho con el recuerdo del cáncer terrorista, con las irrupciones nocturnas, los miedos, el resentimiento. Pero, poco a poco, pude reconciliarme con la escritura. Y conmigo.

Regresé a escribir cuando acepté la ausencia, cuando pude sostenerle la mirada al vacío. Y también cuando me dejé acompañar por otras mujeres, cuando me permití tejer redes sin vergüenza.

Hace un año y medio decidí dedicarme de lleno a facilitar talleres de escritura, círculos literarios para mujeres, procesos creativos compartidos. Acompañar a otras me ayudó a volver. He visto cómo, para muchas, la escritura es también una forma de sanar, de reconstruirse, de afirmarse.

He pensado bastante en esto: en los últimos años he conversado sobre escritura con al menos setenta mujeres de edades, oficios y mundos muy distintos. Siempre pregunto por su relación con la palabra: si escriben, por qué, cómo, desde cuándo, qué anhelan de la literatura. Sus respuestas son un mapa emocional.

He conocido mujeres que jamás habían escrito y que luego descubren un placer inesperado en el acto de narrarse. Ese hallazgo me llena de dicha.
Otras —la mayoría— escribieron alguna vez, lo disfrutaron, pero lo dejaron por razones tan humanas como crudas: la vida misma.

Solo he conocido a una mujer que, tras un duelo, abandonó la escritura largo tiempo. Más comunes son las que, después de rupturas, violencias o relaciones tóxicas, entran en un bloqueo que tiene más que ver con la herida en la autoestima que con la falta de inspiración. A veces la privación de escribir es otra forma de castigo.

Pero en general, el gran obstáculo es el tiempo. La falta de tiempo propio. De espacio propio. La saturación de tareas: escolares, laborales, domésticas, de cuidados, sociales. La vida fragmentada. El cansancio.

¿Y a ustedes qué les detiene?
¿Qué les pausa?
¿Qué puente puede tenderse entre la ausencia honda y la necesidad creativa?

Sigo buscando la respuesta.

Como dato curioso, cuando las mujeres que me presentan descubren a qué me dedico, el noventa por ciento suelta frases como: “me encanta escribir, pero hace mucho que no lo hago”, “siempre quise ser escritora”, “extraño escribir”.
Y yo, que colecciono motivos, siempre pregunto por qué dejaron de hacerlo. Las respuestas se parecen entre sí: el tiempo. O la falta de él.

¿Qué es el tiempo?
¿En qué lo invertimos?
¿Con quién lo compartimos?
¿Quién nos lo quita?
¿Qué lugar ocupa la escritura dentro del tiempo posible?
¿Cómo se empieza de nuevo?
¿Cómo sana una a través de la palabra?

Pensando en todo esto, decidí preguntarles a otras escritoras que han atravesado bloqueos prolongados. En la próxima página del Diario de escritura compartiré sus respuestas: intuiciones, procesos creativos y algunas preguntas que nos siguen respirando adentro.

Pintura: Mimetismo, de Remedios Varo.

Mar.

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