Diario de escritura:
Conocí la figura del Marqués de Sade a los dieciséis, gracias a Quills, esa película que en español llamaron Letras prohibidas. No sabía entonces que ese encuentro iba a marcarme. Recuerdo el impacto: el personaje me sedujo, me incomodó y, de algún modo, me ofreció un espejo precoz para nombrar cosas que ya se agitaban dentro de mí.
Primero, la obsesión por escribir: la urgencia de fijar en palabras historias de locura, de perversión, de crítica soterrada a la vida misma.Y luego, la inclinación —todavía torpe, pero insistente— por el territorio del dolor, el placer, la lujuria, el sexo como interrogación metafísica. Descubrí que todo eso vivía en la literatura libertina, en lo erótico. Creí, durante un tiempo, que ahí estaba la clave.
Ver a Sade a través de esa película, de esa mirada pulida y teatral, me dejó la sensación de que el erotismo era eso: lo que sacude, lo que rompe la monotonía, lo que transgrede, lo que muerde la realidad y le arranca un gemido. Lo que puede desatar demonios y parecer amor. Lo que fascina, pero también asusta.
Después llegaron las fotocopias, las ediciones baratas, y con ellas la idea —que hoy puedo leer críticamente— de la sexualidad como destino ontológico, y de la autocosificación como una forma de validarse en el mundo. Yo no lo entendía entonces; solo sentía que así se vivía, así se nos veía a mí y a las otras mujeres. Y, claro, nunca era realmente placentero. Al final quedaban la vergüenza, la humillación, el asco, la culpa, la incomprensión.
Hoy lo veo con distancia. Entiendo que esos aprendizajes sobre la sexualidad ocurrieron en un contexto como este país, como Sinaloa, donde muchas ideas sadianas —aunque nadie las nombre así— se reproducen en la práctica cotidiana. En los mitos, en las costumbres, en la normalización del daño. Lo que debería ser alarma se vuelve costumbre.
Después de aquel fulgor adolescente por Sade, creí que por ahí iba lo “erótico”. Y durante años escribí y experimenté alrededor del placer, el dolor, la perversión y el deseo. Han pasado diecisiete años. Por fortuna, muchas cosas han cambiado.
Sigo obsesionada con la literatura y el erotismo —esa parte no se cura—, pero ahora lo hago desde otros horizontes, desde preguntas más incómodas, desde la crítica feminista que me ha obligado a mirar de nuevo lo que antes aplaudía.
Una de las reflexiones más claras es esta: la literatura sadiana no solo erotiza el daño, sino que reafirma nuestro lugar social como mujeres: cuerpos violentables, objetos desechables. Y si además eres de clase baja, ni hablar: en esas narraciones el destino es fijo. Serás la esclava. Nunca la ama.
Otra revelación, que por suerte pude desmantelar con tiempo, teoría y vida vivida, es que sí: por complacer —y por sobrevivir— una puede convencerse de que desea lo que en realidad la está anulando. Que disfruta la sumisión, la humillación, el dolor como si fueran placer.
Yo también lo creí. Sé muy bien cómo se llega a creer.
Hasta que la madurez, la socialización, las lecturas y la reflexión hicieron su trabajo y me permitieron habitar otros modos de desear, otros modos de desearme.
Por fortuna, todas podemos transformar esas ideas patriarcales sobre el erotismo. Podemos buscar el goce propio desde otros territorios, otras gramáticas, otras formas de amar, follar y vincularnos sin repetir la violencia que nos enseñaron como si fuera destino.
Sigo explorando la dimensión erótica de la escritura: el placer encarnado del lenguaje, lo corpóreo de la palabra, pero ahora desde una crítica feminista-literaria que no perdona ni se traga el cuento entero.
Pronto compartiré mis reflexiones sobre la literatura erótica hegemónica y su repetición —casi mecánica— de lo que dicta el patriarcado sobre el placer, el deseo y los roles sexuales.
Mar.
Muchas gracias por este deleite, por estas enseñanzas, por estas reflexiones que mucha falta nos hacen. Porque conflictuarnos nos permite reinventarnos a cada momento y a continuar creciendo a cada momento.
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